
¿Cómo ha contribuido, a través de su trabajo pastoral, a la construcción de paz en las regiones que históricamente más lo han necesitado?
Bueno, la iglesia, desde los años 70, tomó un perfil de mucho compromiso social, sobre todo en la región del Chocó, en la que un equipo de misioneros trabajó con las comunidades negras y otro con los pueblos indígenas. El perfil de este trabajo era apuntar a fortalecer los procesos organizativos. De allí surgieron las organizaciones étnicas territoriales que hoy en día son las más representativas de todo el territorio para esas comunidades.
Cuando en los años 90 el conflicto empezó a intensificarse, la pastoral se comprometió mucho en el trabajo de la promoción de derechos humanos y en definir estrategias para sobrevivir en medio del conflicto. Esto es muy importante porque ayudó a las comunidades a afrontar el conflicto y permanecer en el territorio en confinamiento. Los que se desplazaron regresaron al poco tiempo para reconstruir sus pueblos y afrontar de la manera más digna el desplazamiento temporal. En muchos lugares es cierto que algunas personas después de haberse desplazado ya no regresaron.
¿Cómo fue la posición de la iglesia?
Durante los años más duros del conflicto, fue muy importante el acompañar a las comunidades para afrontar la violencia. La iglesia misma, como es natural, se vio siempre inmersa en la polémica porque la idea era no declararse a favor de ninguno de los grupos armados, sino a favor de las víctimas, o sea, las comunidades. Aunque durante esos años varios de nuestros sacerdotes y misioneros fueron sacrificados, algunos fueron asesinados por los grupos armados.
En los años siguientes hemos estado siempre como en el proceso de ayudar a afrontar diálogos tanto con los grupos ilegales que están en el monte como con las instituciones del Estado y también con los organismos de la cooperación internacional. Ayudar a defender la vida de las personas en las calles que en un momento dado se enfrentan a un dilema de vida o muerte.
Asimismo, en los últimos tres o cuatro años, tal vez cuando la mayor conflictividad ha estado en los cascos urbanos a causa de las bandas, los grupos, las bandas juveniles y los grupos de delincuencia urbana.
También, en algunas administraciones, se han adelantado procesos de diálogo, mesas de diálogo con algunos de estos grupos para bajar la conflictividad, disminuir la violencia y disminuir las víctimas. Es decir, encontrar un camino. Estas mesas de diálogo se han estado adelantando estos 3 años, sobre todo en Buenaventura. Con resultados inciertos, de verdad.
¿Pero se ha avanzado?
Sí, de alguna manera, porque algunos de estos grupos han aceptado, como quien dice, no solo sentarse en la mesa, sino también algunos aceptan dejar las armas a cambio de apoyo institucional, algún tipo de reconocimiento, becas, etcétera. Entonces, en ese sentido, la iglesia continúa siendo un actor activo dentro del proceso.
¿Y la nación ha ido de la mano en ese trabajo comunitario que hace la iglesia?
Sí, en general las instituciones del Estado respetan mucho el rol de la iglesia porque saben su significación en medio del pueblo y la capacidad que tiene. Por ejemplo, la iglesia hace presencia en las partes a donde ellos no pueden ir. Se han aplicado estrategias comunitarias y espirituales, por decirlo de alguna manera, que hayan promovido esta reconciliación en estos territorios.
En el trabajo de promoción de derechos humanos que se hizo en los años 90, los consejos comunitarios locales, que son una autoridad de cada vereda, incluyeron unos reglamentos de vida que se pusieron por escrito y, a partir de unos parámetros comunes, definieron la forma en cómo ellos podían afrontar a los actores armados. Eso fue muy importante porque le ayudó a las comunidades a plantarse frente a los actores con cierta autonomía y dignidad.
Padre, ¿de qué manera la defensa de los derechos humanos en las comunidades ha logrado consolidarse y contribuir de forma efectiva a lo largo del tiempo?
Nosotros hicimos trabajo de formación durante varios años, como hacen los derechos humanos, en los cuales hacíamos énfasis en la defensa de la vida, la promoción de los derechos y el respeto de la infancia, esto para evitar el reclutamiento forzoso; otro elemento en el que se hacía mucho énfasis era la promoción y el respeto a la dignidad de la mujer.
No olvidemos que nuestra cultura tradicional puede haber sido muy machista, pero las mujeres nuestras, las mujeres negras, pueden ser de carácter fuerte, y asumen importantes liderazgos en las comunidades. Ellas son las jefas de muchos pueblos y de muchas familias.
Y a nivel religioso, se hacía énfasis en el ecumenismo, que significa el respeto a las distintas creencias, especialmente en lo que puede significar para nosotros la diferencia entre católicos y evangélicos.
Ese tipo de cosas fue un trabajo que la iglesia adelantó en la región durante los últimos 40 años y creemos que sus logros han sido importantes, como la ley 70 que les reconoce el territorio colectivo a los pueblos negros, el reconocimiento de los territorios de los pueblos indígenas, los guaraníes.