Niños y pantallas: cómo construir una relación saludable con la tecnología

«El problema no es solo cuánto tiempo pasan conectados, sino qué están viendo y cómo están interactuando. Algunos estudios que se han publicado concluyen que el impacto de las redes sociales depende más de la calidad del contenido, para qué se usa la red y si hay acompañamiento o interacción con un adulto sobre lo que se observa, que de las horas de conexión. Entre los riesgos más documentados y reconocidos están la exposición a contenido que idealiza cuerpos o estilos de vida poco realistas, la búsqueda constante de aprobación o “likes”, el ciberacoso y el temor a perderse de lo que hacen los demás (lo que se conoce como FoMO, “fear of missing out”) y que pueden decaer en procesos de ansiedad y depresión. También nos debe preocupar la privacidad de los jóvenes, la divulgación de sus datos personales en una red a la que accede todo el mundo», advierte Lizcano Dallos.

Por eso, para la experta, el acompañamiento familiar debe ir más allá de contabilizar minutos. Los padres pueden interesarse por lo que sus hijos ven, preguntarles qué les gusta de determinados contenidos y conversar sobre cómo se sienten al interactuar en las redes.

El propósito no debería ser satanizar la tecnología ni imponer una única visión adulta, sino ayudar a los menores a desarrollar una mirada crítica frente a lo que encuentran en internet.

Una atención acostumbrada a la novedad

Otro aspecto que llama la atención de la especialista es el impacto de la exposición constante a estímulos. Las aplicaciones, los videojuegos y las redes sociales están diseñados alrededor de una sucesión permanente de imágenes, sonidos, videos y novedades. Esa dinámica puede favorecer que niños y jóvenes se acostumbren a buscar estímulos constantes en diferentes ámbitos de su vida.

“Esa novedad constante hace que el cerebro busque esa variación en muchos ámbitos de la vida diaria y no se deja tiempo a la profundización, la reflexión e incluso a la imaginación”, explica Lizcano Dallos.

La pausa, el aburrimiento y el juego libre también cumplen una función en el desarrollo. No todos los momentos de la infancia necesitan estar llenos de estímulos o entretenimiento.

¿Cuándo debe encenderse una alerta?

Una relación problemática con la tecnología puede manifestarse de diferentes maneras. Algunas señales que deberían llamar la atención de padres y cuidadores son la dificultad persistente para reducir el tiempo de uso, la irritabilidad o ansiedad cuando el dispositivo no está disponible, los problemas de sueño y el abandono de actividades que antes resultaban agradables.

También puede ser una señal que el niño o adolescente deje de practicar deporte, compartir con amigos o participar en actividades familiares para permanecer conectado.

Para los expertos del Centro de Escucha, «una dificultad ocasional para apagar el dispositivo no significa necesariamente que exista un problema. Lo importante es observar patrones persistentes y el impacto que tienen en la vida cotidiana».

Por eso invitan a los padres o cuidadores cuestionarse: ¿El niño abandona juegos, actividades físicas o encuentros familiares para permanecer frente a una pantalla?, ¿Tiene dificultades frecuentes para detener el uso del dispositivo?, ¿Utiliza la pantalla prácticamente cada vez que aparece aburrimiento, tristeza o frustración? O ¿El uso de dispositivos está afectando las comidas, las rutinas familiares o la hora de dormir?

En estos casos, más que interpretar cada comportamiento como una adicción, es importante observar si existe un patrón persistente y si el uso de la tecnología está interfiriendo con la vida cotidiana.

Acompañar es más efectivo que prohibir

Establecer límites no significa necesariamente entrar en una confrontación permanente con los hijos. De hecho, Lizcano Dallos considera que la mediación parental puede ser más efectiva que las prohibiciones absolutas o el control exclusivamente tecnológico.

Conversar, escuchar y conocer lo que hacen los niños y jóvenes en internet permite construir acuerdos y fortalecer la confianza. Las herramientas de control parental pueden ser útiles, pero no sustituyen el diálogo.

También resulta importante establecer espacios libres de pantallas. Las comidas familiares, por ejemplo, pueden convertirse en momentos para conversar sin dispositivos. De igual manera, se recomienda evitar el uso de pantallas antes de dormir y mantener los celulares fuera de las habitaciones durante la noche.

El ejemplo de los adultos es igualmente determinante. No resulta coherente pedirle a un niño que deje su celular durante la comida mientras sus padres permanecen conectados.

Además, reducir el tiempo de pantalla implica ofrecer alternativas. Juegos de mesa, caminatas, lectura, actividades al aire libre, dibujo, cocina, construcción y conversaciones familiares pueden convertirse en oportunidades para recuperar experiencias que ninguna aplicación puede reemplazar.

Para Lizcano Dallos sería conveniente plantear acuerdos sobre horarios y espacios libres de pantalla; «dar ejemplo, pues si nosotros mismos no podemos estar sin nuestro celular cuando ellos acuden a nosotros o cuando estamos comiendo, ellos no van a tener la moderación que esperamos; hablar del contenido y de su significado no solo del tiempo que dedican a estar conectados y ajustar las reglas según la edad, no funciona lo mismo para  un niño de 8 años que para un adolescente de 15 años, hay que ir renegociando en la medida que ellos van creciendo», recomienda.

Esta misma opinión tienen los expertos del Centro de Escucha, quienes consideran que prohibir completamente las pantallas no es viable, especialmente en la actualidad donde la tecnología también forma parte de la educación, la comunicación y la vida familiar. «El objetivo es enseñar a utilizarla de manera equilibrada».

«La meta no es criar niños desconectados, los dispositivos digitales pueden ser herramientas útiles cuando se utilizan con intención, acompañamiento y límites. El desafío para las familias es evitar que la pantalla ocupe el lugar del juego, el movimiento, el sueño, la conversación y los vínculos humanos. La OMS destaca precisamente la importancia de reemplazar períodos prolongados de sedentarismo frente a pantallas por juego activo y actividades interactivas con los cuidadores», señalan los sicólogos expertos del Centro de Escucha.

La tecnología no se debe calificar como enemiga de la infancia. Al contrario, puede aportar al aprendizaje y a la comunicación cuando se utiliza de manera consciente. El verdadero desafío está en encontrar un equilibrio que permita que las pantallas ocupen un lugar dentro de la vida de los niños, pero no el lugar central.

Una crianza digital saludable no consiste en criar niños completamente desconectados, sino en acompañarlos para que aprendan a relacionarse con la tecnología de manera responsable, crítica y equilibrada.

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